Prácticamente todos tenemos en nuestra memoria las imágenes humeantes de las torres gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, acontecimiento que, al decir de los medios de comunicación, cambiaron el rumbo de la historia mundial.
No tenemos sin embargo las imágenes de otro 11 de septiembre de 475 años atrás, en que las llamas y el humo de una batalla estuvieron a punto de cambiar el rumbo de nuestra historia y del que pocos se acuerdan.
Muchos de nosotros recordamos también las imágenes del Palacio de la Moneda en llamas del 11 de septiembre de 1973, acontecimiento que cambió el rumbo de nuestra historia reciente.
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Me refiero al 11 de septiembre de 1541.
Ese día, los indígenas chilenos al mando de Michimalonco, atacaron Santiago (fundada siete meses antes) y estuvieron punto de acabar con lo que era la incipiente colonización española en nuestro país.
Hace algunos años llegó a mis manos la edición preparada por Leopoldo Sáez Godoy, de la "Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de Chile", escrita en 1558 por Gerónimo de Vivar. De este precioso documento de nuestra historia, extraigo algunos elementos para mostrar lo que fue ese "otro" 11 de septiembre. El relato es impresionante por su realismo y está escrito con enorme dramatismo, a pesar del leguaje arcaico. Presento aquí algunos párrafos pertinentes a la batalla de ese día. Lo escrito entre comillas es copia textual del libro, puesta en español moderno. Para el resto, he adaptado el relato para hacerlo mas comprensible e interesante, o he agregado informaciones de otras fuentes.
En los primeros días de septiembre de ese año, se encontraba
en curso un gran alzamiento indígena. El cacique Quilicanta (poderoso hombre de
guerra de la progenie de los incas), prisionero en Santiago, hizo saber por
mensajeros a Michimalonco, gran señor del valle de Aconcagua, que los
cristianos "eran tan pocos, hambrientos y cansados, y que ellos eran
muchos en extrema cantidad, y estaban en su tierra y [...] que se
animase, y matase a los cristianos, y que después ellos se concertarían y
serían amigos hasta su fin". Este es un elemento a importante puesto
que a la llegada de Pedro de Valdivia, Michimalonco y Quilicanta eran enemigos,
siendo este último "puesto por el Inca en esta tierra [como]
gobernador".
Muchos otros caciques se unieron a la rebelión. La
estrategia de Valdivia fue de evitar, en la medida de lo posible la
concentración y la reunión de los diferentes grupos. Como supo que "un
señor que se decía Cachapoal" se hacía fuerte a orillas del río que
hoy lleva su nombre, decidió salir a enfrentarlo con 60 hombre de a caballo y
de a pie, dejando Santiago y todo su recaudo al mando de su teniente Alonso de
Monroy.
Cuando Michimalonco supo de la salida de Valdivia, decidió
atacar la ciudad. Se aproximó sigilosamente, con "tanto secreto en el
caminar como hombres que van a casa ajena a hurtar, y por no ser sentidos ni
vistos, mataban a todos los yanaconas e indias de servicio que encontraban en
su paso" (los yanaconas eran nativos del Perú que venían al servicio
de los españoles, acompañándolos en la conquista). Según parece los atacantes
eran muy numerosos: diez mil según Vivar, aunque pienso que la cifra debe ser
tomada con precaución. Para enfrentarlos, Monroy disponía de unos 120 hombres
que distribuyó en cuatro cuadrillas, "cada una de 32 de a caballo".
Siempre que se leen crónicas de la conquista de América no
deja de sorprender la enorme disparidad entre las tropas indígenas y españolas.
La diferencia era esencialmente tecnológica: El caballo, bestia desconocida,
enorme y resoplante, que infundía temor, sobre todo en los primero años de la
conquista, el acero de los cuchillos y sobre todo de las espadas, y por último,
las escasas armas de fuego. Prueba de esto es que una vez que los mapuche (o
sea la gente de la tierra) asimilaron de estos tres instrumentos y adecuaron su
estrategia al combate de guerrilla, las condiciones de la lucha se equipararon.
Michimalonco atacó a las primeras luces del alba. Una vez
próximo de la ciudad, sus tropas acometieron "con toda su furia,
echando fuego que traían escondido en ollas, y como las casas eran de madera y
paja, y la cerca de los solares de carrizos, ardía muy de veras la ciudad por
sus cuatro partes".
Los españoles se defendían como podían "con todo
ánimo de vender bien sus vidas y defender bien sus casas y hacer lo que debían.
Como era de mañana antes del día, a la luz de la lumbre que ardía detrás de los
cestos, los indios flechaban a los cristianos a su salvo y los españoles
lanceaban a los indios que fuera de los cestos estaban, tantos en cantidad que
apenas podían los de a caballo romper en ellos. Y si la guerra la hacían los
indios, grande se las hacía el humo. Y ellos la sufrieron y pasaron hasta que
el día vino. Y a esa hora llegaron otros indios de refresco ya que la luz dio
lugar a que mejor se aprovechasen los españoles, que con ayuda del cielo
comenzaron mas de veras la guazábara o batalla, tan reñida que era cosa
admirable. Los españoles por defender tan justa causa peleaban como lo suelen
hacer en las necesidades y los indios prosiguiendo su determinación peleaban
como aquellos que defendían su patria".
Tropas indígenas de refresco se sumaron a la lucha "los
que acometieron por todas partes", una parte de los cuales se lanzó al
asalto de la casa de Valdivia "donde estaban los caciques presos", incendiándola, con el claro objetivo de
liberar a Quilicanta y los demás caciques. Los 22 españoles que allí se
encontraban se defendían como podían. En algún momento se agregó a la defensa
del recinto el teniente Monroy quién "vino a socorrer aquel lugar mas
peligroso". Nuevos refuerzos acudían llenando el patio "que
era grande". Cuando Monroy vio arder la casa "se apeó y
peleando con toda furia rompió presto, temiendo que el fuego no le daría lugar
a entrar a matar los caciques que estaban presos, haciendo la cuenta cierta que
si mataba los caciques la guerra estaba deshecha".
Cuando llegó "a la puerta de la casa, salió una
dueña que en casa del general estaba, que con él había venido sirviéndole del
Perú, llamada Inés de Suárez, natural de Málaga", quién como cualquier
otro soldado, "echó mano a una espada y dio de estocadas a dichos
caciques, temiendo el daño que se recrecía si aquellos caciques se
soltaban". En el momento en que Monroy entraba en la casa, salía "esta dueña honrada con la espada
ensangrentada diciendo a los indios: «
Afuera, auncaes – que quiere decir traidores-, y que ya yo os he muerto a
vuestros señores y caciques », y "que
lo mismo harían a ellos y mostrándoles la espada". Los "indios no osaban tirar flecha ninguna
porque les había mandado Michimalonco que la tomasen viva y se la llevasen".
Al saber que los caciques estaban muertos, los mapuche "viendo que su trabajo era en vano, volvieron las espaldas"
y batieron en retirada. Y el fuego ardía por todas partes. Y como los indios
andaban dentro de la ciudad, peleaban con los españoles, y en aquel campo
estaba mas seguro.
Según otra versión
(avalada por Pedro de Valdivia) Inés de Suárez dio orden de matar a los
prisioneros. El soldado Hernando de la Torre le preguntó: "Señora: ¿de
qué manera los mato?", a lo que ella habría respondido, desenvainando
la espada: "De esta manera" y acto seguido los habría
decapitado.
"Ya la ciudad en esta sazón estaba casi ardida".
Cuando faltaban dos horas para la puesta del sol, los españoles redoblaron el
ataque. Los indios aunque cansados y muchos de ellos malheridos, no osaban
salir de la ciudad por temor de los caballos. Como los alrededores de la ciudad
eran llanos y los montes para acogerse estaban lejos, podían ser fácil presa de
la caballería. "Mas en fin, no pudiendo sufrir a lo cristianos,
determinaron de salir de la ciudad y aun tenían por bien dejarla".
[Pero] "como era campo ancho y largo, los de a caballo aunque cansados,
no dejaban de alcanzar algunos". Prendieron a muchos. "Al
preguntar que porqué huían tan temerosos, respondían: « porque un Viracocha
viejo en un caballo blanco vestido de plata con una espada en la mano los
atemorizaba y que por miedo de este cristiano huyeron ». Entendiendo los
españoles tan gran milagro, dieron las gracias a nuestro señor y al bien
aventurado apóstol Santiago, patrón y luz de España". Así, la victoria
fue interpretada como un milagro del apóstol Santiago, hipótesis también destacada
por Valdivia.
La disparidad de muertos y heridos fue dramática, con gran
perjuicio para los que luchaban por su tierra: "En esta batalla
murieron 800 indios y los indios mataron dos españoles y 14 caballos".
Es cierto que la ciudad quedó destruida y los invasores salvaron poca cosa: un
poco de trigo y algunos animales. Pero quedaron dueños del campo de batalla,
con lo que la conquista podía continuar.
La destrucción de la ciudad ha dado posteriormente origen a
un pequeño “enigma” sobre la fecha de fundación, ya que el pergamino original
(el llamado libro "becerro"), en el cual se inscribió la
fundación de la ciudad, quedó destruido en el incendio. Posteriormente el
Cabildo ordenó reescribir un nuevo volumen, que es el existente hasta ahora, en
el cual se indica que la ciudad fue fundada "a doce días del mes de febrero"
del año 1541. Sin embargo, Valdivia en sus cartas menciona en más de una
ocasión "fundé esta ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, en nombre de
V.M. [...] a los 24 de febrero de 1541.
Doce o veinticuatro, poco importa hoy día, salvo para alguna
ceremonia oficial. Lo que es importante es que ese 11 de septiembre, las llamas
estuvieron a punto de cambiar el rumbo de nuestra historia. La primera invasión
de Diego de Almagro había concluido en un fracaso, de suerte que pocos querían
acompañar a Valdivia. Si luego de la destrucción de Santiago y como
consecuencia de las penurias que derivaron, también éste y su gente hubieran
tenido que abandonar derrotados el territorio, la conquista de Chile se hubiera
retardado quizás por cuanto tiempo y otra hubiera sido nuestra historia.

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