Ayer 24 de octubre, estuve en el estreno en Chile de la película “Gloria del Pacífico”, del director peruano Juan Carlos Oganes. La première fue en el Teatro Municipal, en el marco del X Festival de Cine Rural Arica Nativa.
A decir verdad, no fue de mi agrado, cosa que al parecer contrasta con los puntos de vista de la mayoría de los espectadores, ¬manifestado en los frecuentes aplausos y en los comentarios entusiastas de la mayoría de quienes intervinieron en la discusión final. Pocos, demostraron algún disenso mientras a otros, la hora y los tiempos del debate no nos permitió intervenir.=============================
La película es un híbrido entre el documental y la ficción, porque el eje de la narrativa es una supuesta conversación que tiene lugar en Tacna en 1929, entre un viejo ex combatiente peruano y su hijo, a quién va contando los heroicos hechos que condujeron a la derrota peruana en la toma del morro de Arica. Es una investigación (le tomó seis años informa el director), en la que se trata de mostrar, con pretendida imparcialidad, las gestas de unos y otros y que concluye con la firma del tratado de ese año que devolvió Tacna al Perú. El resultado es, en fin de cuentas, una apología del peruanismo y de la heroicidad de sus combatientes, mientras los chilenos se muestran crueles y por ciertos aspectos despiadados.
El cine es un arte y es obvio que como tal, una película puede gustar o no gustar. Aquí tenemos una historia de guerra mal contada que, secuencia tras secuencia, se transforma en un himno al Perú, a sus glorias y a sus héroes militares.
Pero vamos por partes, reconociendo que los juicios de valor valen solamente para quién los emite.
En primer lugar, el valor estético de la película es decididamente pobre. El maquillaje, en particular del protagonista principal (el viejo combatiente moribundo), aparece demasiado recargado, la cara demasiado grasienta, brillante, provocando incluso en algunos casos, la sobre exposición de blancos. Todo esto, sumado al abuso de los primeros planos, no contribuye en nada a provocar empatía por el personaje.
Los actores visten uniformes algunos números mayores que los del portador, con las charreteras colgantes y las actrices con trajes o mantillas que parecen recién comprados en el mercado de la esquina. Pocos se ven suficientemente ajados o sucios, como sería de esperar después de varios días de guardia permanente, los uniformes no se arrugan y las barbas no crecen. Los bigotes y las barbas postizas en cambio, se “notan” demasiado.
La actuación en general se aproxima más al estilo de algunas telenovelas, que lo que correspondería a una película de autor. Actores y actrices se perciben acartonados y rígidos, los diálogos demasiado teatrales y poco naturales. Hace unos días tuvimos ocasión de apreciar, siempre en el marco de Arica Nativa, la película “El Premio” de Chicho Durant y el contraste a nivel de actuación es abrumador. Y no es sólo que sean géneros diversos. Se trata del partido que el director puede sacar a un actor y las posibilidades de éste, de apropiarse del personaje y de posesionarse de su rol, dejando incluso de lado cuando es necesario, el texto del libreto.
La escenografía es tal vez lo mejor de la película. La casa de Bolognesi está bien recreada y aunque la cinta no fue filmada en los sitios originales, el medio ambiente se aproxima bastante a la realidad. Incoherente aparece sin embargo la imagen de las calderas del Wateree, encallado por el tsunami del 1868 y luego removido de ese enclave por el segundo maremoto de 1877, porque no corresponde en absoluto al aspecto que debía presentar el barco en la época de la guerra.
La estructura narrativa va de la mano con los objetivos que se ha propuesto director. Es un viaje que pretende redescubrir aspectos poco conocidos de la guerra, pero que sin embargo no va mucho más allá de un recuento histórico de los hechos bélicos, la mayor parte de ellos perfectamente conocidos hoy día. El desarrollo no transmite tensión y no se percibe ese crescendo necesario que debiera trascender del lenguaje fílmico, para conducir a los espectadores al angustioso drama final. Apenas se esbozan los elementos determinantes de la derrota: la fuga desordenada de los ejércitos después del combate del Alto de la Alianza y en particular de los bolivianos que se retiraron de la guerra sin disparar un tiro, las debilidades del equipo y del armamento, las flaquezas de algunos oficiales, la incomunicación con los altos mandos de Lima o Arequipa, etc. Demasiado énfasis en cambio en el cónsul francés, como si su papel hubiera sido determinante en el resultado de la batalla. En el fondo, se plantea una suma de factores que explican la derrota, aunque falta un mayor dramatismo al final, una mejor y más sostenida justificación de todo aquello que podría haber sido pero no fue.
Creo vale la pena un comentario final. Todos los días en países más maduros (y menos provincianos) que los nuestros, se filman y se exhiben películas en las que los malos pueden ser japoneses, alemanes, italianos, etc. mientras los buenos son obviamente la contrapartida antagonista de cada historia. Cuando en nuestros países se hace una película como esta, parece imposible desligar el análisis de las pasiones y de los rencores acumulados (y constantemente renovados), para hacer una crítica que se remita a los aspectos estrictamente cinematográficos. Acá tenemos una película definitivamente mala del punto de vista estético, cuya critica, como se vio en el Teatro municipal, se traduce en comentarios condescendientes o amables que buscan reflejar un mal entendido sentimiento de “hermandad”, en momentos en que la crónica nos trae todos los días noticias que ponen a prueba esta supuesta fraternidad.

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