1 de marzo de 2014

A propósito de atentados incendiarios


Que Chile es un extraño país, no cabe duda.
Que los chilenos tienen mala memoria, tampoco.
Recuerdo…
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Hace ya unos seis años, un importante personaje de la sociedad chilena – muy religioso según se dice - quiso vengarse del supuesto amante de su mujer, para lo cual preparó, con mucho cuidado y antelación, un atentado.
El día de los hechos, el delincuente se introdujo en la casa del supuesto amante acompañado de dos secuaces. Según informa la crónica uno de ellos era su chofer personal y el otro un asesino a sueldo, ex funcionario de FFEE de Carabineros, quien ya había sido condenado por ejecutar a un narco por encargo de otro mafioso.
Los tres se hicieron pasar dentro de la casa por su propietario. Poniendo en marcha el plan, a la fuerza lo amarraron a lecho, le dispararon y luego lo rociaron con parafina. El mismo benemérito personaje le aplicó fuego, con tan mala suerte que sus propias ropas cogieron fuego y escapó en llamas, mientras los cómplices solo sufrieron heridas menores.
Pocos días después, el asesino murió como consecuencia de las quemaduras en una clínica de la capital.
El personaje de marras se llamaba Esteban Gerardo Rocha Vera y era el presidente y fundador de la Universidad Santo Tomás.
Un par de años después, la Corporación Santo Tomás realizó un homenaje a su fundador en una ceremonia que tuvo lugar en todas las sedes de la entidad. En esa ocasión, se inauguró además una escultura inspirada en las palabras escritas por el propio Rocha.
Obviamente el delincuente Rocha Vera no era mapuche.

Es una verdad el que todos los muertos son iguales y todos merecen respeto.
Lo que no es igual es la valoración del delito y, sobre todo, la calificación del delincuente. 
Unos hacen perro muerto y se van sin pagar, otros merecen homenajes; otros enfin, pobles diablos ellos, sólo escarnio de la sociedad.
En todo esto se demuestra que somos sólo marionetas de nuestras propias subjetividades.

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