26 de abril de 2010

“Los enemigos de la patria no tienen derecho a una tumba”

Publicado el 22-ene-2010 en El Morrocotudo


Doctor Hernán Henríquez Aravena
Asi habría respondido el fiscal Podlech a Ruth cuando le pidió el cuerpo de su marido, al saber por la radio que había muerto el 5 de octubre de 1973 tras "intentar huir".

Esta fue una de las frases más impactantes que tuvimos ocasión de oír los días 12 y 13 de enero pasado cuando asistimos a la cuarta audiencia del juicio que se sigue en Roma al ex-fiscal militar de Temuco, Alfonso Podlech Michaud, por su responsabilidad en la desaparición del ciudadano ítalo-chileno Omar Venturelli. El “caso” Podlech aparece esporádicamente desde hace 18 meses en los medios de comunicación chilenos e italianos, volviendo a la actualidad cada vez que se cumple una nueva etapa del proceso que comenzó con su detención en el aeropuerto de Madrid, en agosto de 2008.

El juicio es emblemático por dos razones. La primera, porque se juzga a una persona sospechosa de estar implicada en la desaparición y probable muerte de cerca de 200 personas, aunque en este caso se le procesa sólo por Omar Venturelli, quién siendo ciudadano italiano, está protegido por las leyes éste país. La segunda, porque pone en evidencia la incapacidad de la justicia chilena de cumplir lo que la jurisprudencia internacional señala como crímenes imprescriptibles contra la humanidad.

Pero no es simplemente la crónica del “caso” lo que quisiéramos comunicar en esta ocasión, sino transmitir el sentimiento de profunda desazón que las declaraciones de los testigos que uno a uno eran llamados a responder a las preguntas del tribunal, traspasaban a los presentes. Fueron ocho, cuatro cada día, los que sucesivamente contaron su historia a pedido del fiscal Capaldo, y luego respondieron a las preguntas de la Presidencia del Tribunal y de los abogados civiles.

El primero fue Mario, quién a la fecha de los hechos era un jovencito de apenas 17 años y no obstante lo cual fue salvajemente golpeado y torturado, para ser finalmente condenado a dos años y siete meses de reclusión, cumpliendo en realidad tres. El último fue Aldo, sometido en 1976 a Consejo de Guerra, acusado por el fiscal Podlech después de casi dos años de maltratos que lo convirtieron en piel y huesos “de asociación ilícita, de infracción a la Ley de Control de Armas y de ser Profeta del MIR”.

Entre ambos, declararon el primer día, Víctor, quién se presentó con la foto de su hermano en el pecho, afirmado la “suerte” que le cupo por tener un hermano asesinado y no desaparecido; Conrado, condiscípulo y compañero de trabajo de Omar Venturelli, detenido y torturado, y su esposa Mirtha, quién, embarazada de seis meses fue groseramente tratada y expulsada de la oficina por Podlech en persona cuando fue a preguntar por su marido detenido (¡como se le ocurría entrar al antro del orco!).

Al siguiente día declararon José, quién habló unas pocas pero densas horas con Omar en la cárcel, antes de ser liberado él y desaparecido éste; Ruth, cuya voz se quebró dignamente cuando relató la última vez que vio a su marido el Dr. Hernán Henríquez Aravena, sacado por la fuerza de su casa durante la noche y lanzado brutalmente en la parte de atrás de un camión con orden firmada por Podlech, y Víctor, quién nunca ha querido ponerse los dientes que a torturas y golpes le destruyeron, “para mostrárselos a sus nietos”.

Testimonios que hablan de cuando la barbarie humana de chilenos, se ensañó contra otros chilenos que pensaban diferente, definidos como “traidores a la patria”, a la “clase social” o a la iglesia (¡cómo se le ocurría, al rico Omar Venturelli, ponerse del lado de los campesinos! ¡Como se le ocurría dejar los hábitos y casarse!). En las palabras escuchadas trasunta el sentimiento del poder presuntuoso y abyecto de quienes tenían las armas y la fuerza en las manos, usadas para humillar y destruir síquica y físicamente a quienes, hasta el día antes, habían sido sus compatriotas o amigos, con quienes se codeaban en las calles o en el trabajo.

Hannah Arendt sostiene en su libro sobre la “banalidad del mal” que las personas que llevan a cabo crímenes monstruosos en nombre del Estado, no son necesariamente locos o fanáticos, sino individuos bastante ordinarios que simplemente aceptan las premisas del Poder y asumen con la energía de buenos burócratas, participar en la empresa de luchar contra quienes se oponen a éste (1). De las declaraciones de los testigos se desprende que Podlech asumió, no sólo con gran sentido “patriótico” y con fuerte devoción al poder, sino también con total libertad de decisión, la tarea de eliminar en su área de influencia, toda traza de oposición política o social al régimen que se había instaurado por la fuerza. No de otra manera se puede interpretar la rápida metamorfosis de “civil” a “militar” que se verifica inmediatamente después del golpe y que el mismo reconocía en declaraciones a la revista Hoy de la segunda semana de Febrero de 1983, cuando afirmaba que “mal que mal [él es] un hombre que se ha jugado el todo por el todo” [...] “y que tiene claro que volverá a ser militar el día que se lo pidan” (2).

“Los enemigos de la patria no tienen derecho a una tumba”, le habría dicho el fiscal Podlech a Ruth cuando le pidió el cuerpo de su marido, al saber por la radio que había muerto el 5 de octubre de 1973 tras "intentar huir", mientras en una entrevista anterior había sostenido cínicamente “lo más probable es que su marido se haya ido a Argentina con otra mujer”. Frases que encierran en toda su iniquidad el desprecio que esta persona tenía no sólo por la vida humana, sino también por los mismos restos de los asesinados.

Se ha ido configurando así la imagen de un hombre cínico y cruel en un momento en que al rencor y a la persecución política se sumaba además el poder omnímodo de decidir sobre la vida y la muerte de las personas, que contrasta con el aspecto “actual” que vemos los que asistimos al juicio. No muy diferente (aunque de menor relevancia que duda cabe), de la imagen que Hannah Arendt tuvo de Adolf Eichmann: una persona ordinaria, nada fuera de lo normal, que hacía y cumplía “como buen patriota”, lo que sus superiores esperaban de el. Esa es la “banalidad del mal” de Arendt, de un mal que no es radical ni profundo como se afirma, sino un mal que desafía el pensamiento, porque mientras el pensamiento busca la profundidad intelectual, la maldad no tiene profundidad ni dimensión demoníaca: es simple perversidad que sin embargo puede invadir todo y propagarse como hongos después de la lluvia (3).

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(1) Hannah Arendt. 1963.“Eichmann in Jerusalem: a report on the banality of evil”. El libro de Arendt es una recopilación de los artículos que escribió como enviada especial de la revista The New Yorker, al juicio contra el criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalén. Un análisis de la relevancia de las cuestiones morales en la obra de Hannah Arendt se encuentra en el artículo de Marco Estrada Saavedra “La normalidad como excepción: la banalidad del mal, la conciencia y el juicio en la obra de Hannah Arendt”. Según el resumen: “se establece el significado de la fórmula «la banalidad del mal» para explicar las complejas conexiones entre el pensamiento, la conciencia y el juicio y cómo este circuito es destruido en el totalitarismo mediante la ideología, el terror y el aniquilamiento de la política”. En:

(2) Frases citadas por Carlos López F. en: http://elpaskin3.lacoctelera.net/post/2009/10/11/caso-podlech-fiscal-pinochet-y-su-primer-a-o-detencion.

(3) “Due lettere sulla banalità del male”: Hannah Arendt & Gershom Scholem. Nottempo, Italia, 2007.

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