Con un océano tempestuoso en el sur y un desierto como el nuestro, estamos centrándonos en termoeléctricas o tratando de instalar mega centrales en una naturaleza virgen como la de Aysén.
Por José Luis Pizarro T.
Promover una nueva cultura que permita congeniar desarrollo económico con sostenibilidad medio ambiental, es el desafío del futuro. En ese marco, se celebró este 22 de abril el Día de la Tierra y entre el 17 y el 19 tuvieron lugar en Italia los llamados “días de las renovables”, haciendo referencia a las fuentes de energía cuya producción no implica emisiones suplementarias de anhídrido carbónico o de otros subproductos o residuos contaminantes (como pasa con el nuclear por ejemplo, que no sabe donde meter la basura).
El evento tiene lugar todos los años desde 1999 con la promoción de ISES Italia, sección local de la International Solar Energy Society, organización sin fines de lucro que, hasta donde sé, no tiene una rama local. El encuentro se inserta en el formidable dinamismo que se observa en todo el mundo en investigación e inversión en energías renovables no convencionales (ERNC) para la producción de electricidad. Este proceso es seguramente consecuencia del efecto combinado del altísimo precio que alcanzaron los combustibles fósiles, de la sucesiva crisis económica y del cada vez más evidente cambio climático, que ha generado una creciente conciencia ecológica en muchas personas y gobiernos.
A la cabeza de esta nueva “revolución verde” se encuentran los países de la Unión Europea quienes con el objetivo de cubrir un 20% de sus necesidades energéticas con ERNC en el 2020, aumentaron sus inversiones de un 47% en 2007, aunque el presidente Obama no quiere quedarse atrás, prometiendo por 15 mil millones de dólares anuales en el próximo decenio. Según un reciente informe de Ernst & Young, Estados Unidos encabezaba a fines de 2007 el índice de proyectos en cartera, seguido por Alemania, India, España y el Reino Unido. Chile no figuraba entre los primeros 25 y el único representante latinoamericano era Brasil. Las experiencias en desarrollo van desde la energía eólica continental (onshore) o marina (offshore), hasta el empleo de las olas del mar) como sucede con una instalación recientemente inaugurada en el llamado Parque de Ondas da Aguçadoura (Portugal), pasando por la energía solar, la biomasa, incluyendo los pellets, hechos con residuos de la madera, y la geotérmica, que no está siempre relacionada como se cree, con la existencia de fuentes termales.
Desde mi ignorancia energética, no dejo de preguntarme porqué en Chile, con un océano proverbialmente tempestuoso en el sur y un desierto caracterizado por sus cielos perennemente límpidos que un lugar común señala como “el más seco del mundo”, estamos por ejemplo pensando en el nuclear, centrándonos en el termoeléctrico o tratando de instalar mega centrales en una naturaleza virgen como la de Aysén (las cuales representan por si solas, en MW, cerca de un 15% de los proyectos propuestos al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA) entre 2000 y 2008, según un reciente informe de la Fundación Terram). De acuerdo a este documento, las fuentes fósiles constituyen siempre en MW, un 71% de los proyectos ingresados al SEIA, contra menos de un 6% de las ERNC, incluyendo geotermia y biomasa. Es evidente que a este ritmo, las fuentes tradicionales continuarán llevándose la parte del león y jamás alcanzaremos los niveles que se pretenden en países con mayor conciencia ambiental.
Lo que sí me parece claro es que, perdidos en medio de las turbulencias del mercado y a merced de los caprichos del cambio climático, nos encontramos sin una política energética clara que permita al común de los ciudadanos entender hacia donde vamos. Y como la ausencia de una política es como un río revuelto en el que los pescadores hacen su agosto, las mega empresas con sus mega proyectos presionan (a veces con arrogancia como hemos visto recientemente), por su aprobación. De esta manera, el centro de la atención y de la coacción política se traslada del ciudadano consumidor y a veces ecologista, al productor, para quién el medio ambiente es una molestia y un “costo” extra, dejándonos inermes y sobre todo, frustrados.
Con unas pocas grandes empresas dominando el mercado y sin una visión clara del futuro, nuestro estado neoliberal, por definición subsidiario, está fallando en su rol regulador y normativo, puesto que no se debe sólo fomentar el desarrollo y la concurrencia de la iniciativa privada, sino que también y sobre todo, se debe proteger el sistema país con una visión de sostenibilidad medioambiental de largo plazo.
El evento tiene lugar todos los años desde 1999 con la promoción de ISES Italia, sección local de la International Solar Energy Society, organización sin fines de lucro que, hasta donde sé, no tiene una rama local. El encuentro se inserta en el formidable dinamismo que se observa en todo el mundo en investigación e inversión en energías renovables no convencionales (ERNC) para la producción de electricidad. Este proceso es seguramente consecuencia del efecto combinado del altísimo precio que alcanzaron los combustibles fósiles, de la sucesiva crisis económica y del cada vez más evidente cambio climático, que ha generado una creciente conciencia ecológica en muchas personas y gobiernos.
A la cabeza de esta nueva “revolución verde” se encuentran los países de la Unión Europea quienes con el objetivo de cubrir un 20% de sus necesidades energéticas con ERNC en el 2020, aumentaron sus inversiones de un 47% en 2007, aunque el presidente Obama no quiere quedarse atrás, prometiendo por 15 mil millones de dólares anuales en el próximo decenio. Según un reciente informe de Ernst & Young, Estados Unidos encabezaba a fines de 2007 el índice de proyectos en cartera, seguido por Alemania, India, España y el Reino Unido. Chile no figuraba entre los primeros 25 y el único representante latinoamericano era Brasil. Las experiencias en desarrollo van desde la energía eólica continental (onshore) o marina (offshore), hasta el empleo de las olas del mar) como sucede con una instalación recientemente inaugurada en el llamado Parque de Ondas da Aguçadoura (Portugal), pasando por la energía solar, la biomasa, incluyendo los pellets, hechos con residuos de la madera, y la geotérmica, que no está siempre relacionada como se cree, con la existencia de fuentes termales.
Desde mi ignorancia energética, no dejo de preguntarme porqué en Chile, con un océano proverbialmente tempestuoso en el sur y un desierto caracterizado por sus cielos perennemente límpidos que un lugar común señala como “el más seco del mundo”, estamos por ejemplo pensando en el nuclear, centrándonos en el termoeléctrico o tratando de instalar mega centrales en una naturaleza virgen como la de Aysén (las cuales representan por si solas, en MW, cerca de un 15% de los proyectos propuestos al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA) entre 2000 y 2008, según un reciente informe de la Fundación Terram). De acuerdo a este documento, las fuentes fósiles constituyen siempre en MW, un 71% de los proyectos ingresados al SEIA, contra menos de un 6% de las ERNC, incluyendo geotermia y biomasa. Es evidente que a este ritmo, las fuentes tradicionales continuarán llevándose la parte del león y jamás alcanzaremos los niveles que se pretenden en países con mayor conciencia ambiental.
Lo que sí me parece claro es que, perdidos en medio de las turbulencias del mercado y a merced de los caprichos del cambio climático, nos encontramos sin una política energética clara que permita al común de los ciudadanos entender hacia donde vamos. Y como la ausencia de una política es como un río revuelto en el que los pescadores hacen su agosto, las mega empresas con sus mega proyectos presionan (a veces con arrogancia como hemos visto recientemente), por su aprobación. De esta manera, el centro de la atención y de la coacción política se traslada del ciudadano consumidor y a veces ecologista, al productor, para quién el medio ambiente es una molestia y un “costo” extra, dejándonos inermes y sobre todo, frustrados.
Con unas pocas grandes empresas dominando el mercado y sin una visión clara del futuro, nuestro estado neoliberal, por definición subsidiario, está fallando en su rol regulador y normativo, puesto que no se debe sólo fomentar el desarrollo y la concurrencia de la iniciativa privada, sino que también y sobre todo, se debe proteger el sistema país con una visión de sostenibilidad medioambiental de largo plazo.
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